Casualidades
https://amzn.eu/539LP8I
El cielo de Mirber era nublado ese día, pero decidí salir para que me diera el aire. Sin paraguas, aunque llovía a cántaros. Quería sentir el agua fría sobre mi piel, aunque no podía borrar las huellas del amor que aún sentía por Taylor. Nuestra relación había finalizado y tenía que soltar las cenizas de ese enlace al aire, pero no sabía cómo.
Me puse a pasear con pasos cortos, la capucha de la sudadera en la cabeza y las manos en los bolsillos. La normalmente bulliciosa carretera principal de Mirber estaba ahora vacía, solo algún coche tan perdido como yo pasaba de vez en cuando. La lluvia se escurría de los techos de las casas y no había ningún ser humano en la calle, pero yo me acerqué al parque de los patos, que se encontraba a cinco minutos de mi casa. Las gotas grandes de agua me tocaban con violencia la cara, pero las ignoraba, intentando mirar hacia delante.
Después de un rato ya empezaba a verse el lago, lleno de espadaña a su alrededor y numerosos patos. Era un sitio no muy grande, pero muy relajante. Me detuve un momento delante del estanque, contemplando los círculos que formaban los pájaros al nadar. Al alzar la vista vi la figura de un chico, justo al otro lado del lago. Un moreno con rasgos bonitos, que también parecía haberse dejado el paraguas. Esa fue la primera vez que vi a Jonathan.
Me preguntaba qué hacía un chico como él participando en toda esa melancolía y, al mismo tiempo, estaba enfadada con su persona por haberme estropeado la expectativa de estar yo sola mirando todos esos patos coloridos, disfrutando del diluvio junto a ellos.
Jonathan me miró desde el otro lado y no dudó en acercarse. ¡Oh no, corre cuanto puedas! —me dije—. Me extendió un pequeño paraguas, sonriendo.
— Ten, yo no lo uso
— Creo que es obvio que yo tampoco —respondí un poco borde, mirando el lago
— Lo sé, pero ¿qué tal si empiezas hacerlo?
— Empieza tú, a mí me gusta la lluvia —dije sin mirarle—. ¿O es que me vas a juzgar por ello?
— No, solo pretendía ayudarte —dijo alejándose, mientras yo le miraba de reojo.
El agua se escurría de mi ropa, de mis labios y de mi pelo rizado, y decidí dar la vuelta. Jonathan iba caminando con pasos cortos, pero parecía indiferente a mi rechazo. Pensé en lo poco amable que yo había sido, aunque tampoco quería estresarme demasiado por ello. Pero una nunca sabe cuándo una de esas personas resulta ser el médico que un día te atenderá en el hospital, como me pasó a mí.
Me dispuse a entrar a Muffins, la pequeña pastelería que había frente al parque. Camelie, la dueña, era una de mis mejores amigas, aunque me llevaba nueve años.
La pastelera abrió mucho los ojos.
— ¡Dios mío, Fabiola, siempre lo mismo! Un día te dará una neumonía. ¿Tanto te cuesta cogerte un paraguas? —dijo indignada mi amiga. Se había cortado el pelo y eso le ponía en evidencia la altura y la delgadez.
— No lo hice a propósito esta vez, siento mojarte el suelo.
— Fabiola, que ya nos conocemos —hizo una mueca irónica.
La miré sin decirle nada. Soy una de esas personas que es incapaz de seguir mintiendo cuando la descubren.
— Ay, es otra vez por culpa de Taylor, ¿verdad? — me miró mientras uno de sus robots me servía un chocolate caliente.
— Yo, no…, verás…
— Hija, ¡que no es para ti!, espero que te atrevas a dejarle —me dijo en un tono autoritario, levantando la mano como si me fuera a pegar
— Hablas como una yaya. Ya lo he hecho, por eso estoy así — contesté bajando la mirada.
— Bueno, pues es lo mejor, sé de lo que te hablo. Él es malo y manipulador, y tú, mírate, una dulzura de niña, incapaz de matar una mosca.
— Sí, una santa —me reí.
—Fabiola, él no merece tus lágrimas
Esa frase me la tatué en el alma. Camelie era una mujer sabia, que interactuaba mucho con la gente por su profesión y eso le enseñó lo malas que pueden ser las personas.
— Camelie, te dejo que me pegues si algún día pienso en volver con Taylor.
— No lo dudes que lo haré —se rio.
Empecé a estornudar y me tomé el chocolate caliente, observando cómo el cielo empezaba poco a poco a despejarse. Lástima que yo seguía tan fría y vacía por dentro.
La lluvia se había parado y me despedí amablemente, poniéndome de camino, con las manos en los bolsillos, sin poder dejar de pensar en Taylor.
Lo que más miedo me daba era verle en clase todos los días. Aunque solo faltaba un año para graduarnos en Biología, no deseaba verle ni un día más. Pensé cambiarme de universidad, pero al mismo tiempo ser fuerte y olvidarle, a pesar de tenerle presente. Como decía Camelie, él no merecía mis lágrimas. Hay personas por las que vale la pena llorar cuando están enfermas, cuanto te dejan, pero hay otras que no son dignas de eso. Que son miserables. Taylor era uno de esos seres.
Sobre todo, las primeras semanas en la universidad fueron las más difíciles, más que nada por la incomodidad de no hablarle a Taylor, y el tener que reprimir mis deseos de decirle que era un miserable siempre que le veía la cara. Era fácil que me llamara la atención, ya que era el único pelirrojo de la clase. Después de dos años de relación se convirtió en un simple desconocido, que es lo más triste de las relaciones rotas.
Volví a pasear con la lluvia a pesar de los consejos de Camelie. Mi madre jamás se enteraba de ello, porque siempre lo hacía cuando ella estaba trabajando o estaba en casa de mi tía Rosalie, a la que cuidaba cuando estaba enferma. No volví a ver a Jonathan por el parque de los patos. Pero sí lo vi un mes más tarde, en el hospital.
Era miércoles, veintidós de agosto, y me desperté con un dolor de garganta tremendo y fiebre. Llamé a mi hermana para pedirle que me llevara al hospital en su coche. El lunes había aprovechado una lluvia para salir a pasear. Pero fue más bien una tormenta y un diluvio frío como jamás había percibido.
—¿Qué te pasa, nena? — me dijo algo preocupada Sara cuando subí al coche.
— Nada, que me desperté con mucha tos y con fiebre; gracias por venir. Y tranquila, que solo me llevas y te vas, ¿vale? - dije reprimiendo la tos
— Creo que eres la única persona que se resfría en verano, no lo entiendo, Fabiola. —Me miró indignada retirándose de la cara un mechón de su pelo castaño.
—Estoy acostumbrada, sonreí.
—Seguro —hizo una mueca Sara.
Nos hicieron esperar más de media hora en una silla en la que apenas podía mantenerme sentada y es cuando comprendí por qué nos llaman pacientes. Porque hay que tener mucha paciencia para ir al médico.
Cuando era niña soñaba que, cuando fuera adulta, habrían encontrado la cura para todas las enfermedades, pero ahí estaba, en el siglo veintiuno, enferma y sin ser atendida. Lo único bueno de todos los avances, eran las máquinas de diagnóstico, que permitían una revisión sin tener que ser pinchado con esas horribles agujas que hasta hacía un año utilizaban. Pero me ponía furiosa el no poder tener uno de esos cacharros en casa, ojalá hubiese sido millonaria.
Cuando ya ni esperaba escuchar pronto mi nombre, salió una enfermera bajita con cara de simpática preguntando por Fabiola Drewber. ¿Por fin o era un delirio de la fiebre? Me ayudaron a entrar en el gabinete. El escritorio del médico estaba enfrente de la puerta, así que me fue fácil verle a la primera, nada más entrar. Sentí que me estaba mareando, que la sangre se me subía aceleradamente a la cabeza. Aquel chico alto de pelo moreno y facciones perfectas, el loco del parque me iba a visitar. Estaba de pie, mirándome. Di la vuelta intentando salir, no quería ser atendida por él, simplemente, sentía que me moría de vergüenza.
—Pero ¿qué haces, Fabiola, hemos esperado tanto para que ahora te marches? —me gritó Sara en el pasillo.
—Yo..., es que me entraron náuseas y temía que..., bueno, ya está, entremos — dije frotándome la cara con las manos. Entre el resfriado y los nervios, sentía que me ahogaba. Pero me tranquilicé pensando que no debería dar tanta importancia a lo que había pasado en el parque.
¡Vamos, Fabiola, ni que hubieras matado a algún familiar suyo, déjate de tonterías!, me dije.
¿Cómo era posible una casualidad así? Parece ser que, cuando el amor quiere entrar, ninguna puerta está cerrada, ya que había pensado en él alguna vez cuando iba al parque, lamentándome de no hablarle como era debido y preguntándome si yo le gusté o, simplemente, quería ser amable.
Nunca había visto un médico así de guapo. El uniforme blanco le hacía aún más atractivo. Rememoré la imagen del parque y ese momento en que se me acercó para ofrecerme su paraguas. Tenía ganas de decirle que lo sentía, pero solo esperaba que no se acordara de mí, que hubiese olvidado lo borde que había sido con él. Pero por la cara que puso al verme, deduje que me había reconocido. Frunció el ceño y, esta vez, el borde pareció él.
— Cuéntame qué te pasa —dijo mirando la pantalla del ordenador.
— Llevo desde esta mañana con fiebre, me duele mucho la cabeza y tengo mucha tos y dolor en el pecho.
— ¿Has tenido algún resfriado estas últimas semanas o tienes fiebre normalmente cuando te resfrías? — preguntó jugando con un bolígrafo que sujetaba en la mano.
— No, es poco frecuente en mí que lo de la alta temperatura.
— ¿Has tomado alguna pastilla desde esta mañana?
— Sí, pero no me ha bajado la fiebre.
Entiendo. ¿Algún otro síntoma de los ya descritos? —Me miró.
Le dije que no, pero, en verdad, lo que tenía ganas de decirle era que me daba miedo de no salir con vida de allí, después de cómo me comporté. Y habría acabado con una sonrisa para que pareciera broma.
Había empezado anotar cosas en el ordenador, tocando con energía el teclado transparente e iluminado, y yo me quedé en silencio mirándole. Su pelo era moreno, arreglado con gel y más corto por los laterales. Los ojos los tenía de un verde intenso que jamás había visto y los labios gruesos. Ese día en el parque, no pude verle bien la cara, pero era más hermoso de lo que recordaba. Me preguntaba si aquel chico era real o estaba delirando por la fiebre. Pero miré a Sara, que se encontraba en la silla, a mi izquierda y se me pasó. Me susurró:
Deja de sonreír, que dirá el médico que estás loca.
Ni me había dado cuenta de que estaba sonriendo y esperaba que no me hubiera visto.
— Muy bien, ¡entra en la máquina, por favor! —me indicó, intentando ser amable esta vez.
Me dirigí hacia allí nerviosa, sabiendo que él estaba detrás de mí. Al entrar en aquella máquina, que parecía un ascensor sin puerta, oscuro, sentí que me ahogaba. Al tener que inspirar, me entró la tos, y me notaba sin aire.
—¿Estás bien? —me miró Jonathan inclinándose hacia mí.
No pude contestarle, y, al darse cuenta de ello, apretó los botones que me proporcionarían oxígeno. Sentí un gran alivio.
— El análisis de la sangre es correcto, pero en los pulmones se nota un poco de inflamación, dijo mirando el ordenador. De momento estarás ingresada hasta la noche, y luego veremos cómo estás.
Me había entrado un poco de pánico. La enfermera me preparó una pulsera con mi nombre, y luego me ofrecieron una silla para llevarme a mi habitación.
Estaba durmiendo cuando vino a verme. Abrí los ojos y él estaba ahí. Le brillaban los ojos.
— ¿Cómo te encuentras, estás mejor?
— Sí, mucho mejor. Ya no tengo tanta tos, solo estoy algo cansada.
— Bueno, pues tienes una fuerte bronquitis, podríamos decir que un inicio de neumonía. Estarás ingresada unos días o una semana, depende de cómo evoluciones.
No me hacía ninguna gracia pasar días en el hospital, pero al menos esperaba verle, y eso me tranquilizaba. Estaba sorprendida de cómo me trataba. Estaba guardando las formas y siendo bastante amable en comparación con mi trato del otro día, a pesar de ser algo borde la primera vez que entré en el gabinete.
Al salir de la habitación empezó a estornudar. Parecía que no era la única que debía de cuidarse más.
— ¡Venga, señorita, deja de mirar al médico! —dijo mi hermana Iris sonriendo. Sara había tenido que irse. Iris me recordaba a Camelie, ya que las dos llevaban el pelo corto, solo que el de Iris era moreno. Bueno, más bien Camelie me recordaba a mi hermana.
— ¡No le estaba mirando! - contesté.
— Seguro que no— se rio.
El camisón que me dieron era muy grande para mi talla. Al mirarme en el espejo descubrí que tenía una cara horrible, pálida y cansada. Mi moreno pelo rizado estaba todo despeinado, y el azul de mis ojos era blanquecino. Me pregunté cómo podía fijarse ese médico en mí, con ese rostro.
— ¡Madre mía, qué cara tengo!
— ¡Calla, que tú siempre estás guapa, Fabiola! Y lo sabes — dijo mi hermana.
Me peiné y eso me sacó un poco de belleza. Tenía la suerte de tener un pelo sano; siempre me quedaba mejor llevándolo largo. Me arreglé con la esperanza de que Jonathan volviera.
Apareció a la noche, mientras yo estaba en el patio del hospital.
—Te estaba buscando, creo que no deberías haber salido —escuché su voz detrás de mí, mientras miraba la ciudad.
— Yo..., es que..., me cuesta respirar y quería tomar un poco el aire
— Otro día pide permiso para salir, ¿vale?
— Lo haré —añadí dirigiéndome a la entrada.
Caminamos uno al lado del otro, acompañados de un silencio incómodo por unos segundos.
— Sabes, hasta conocerte no sabía que tenía cara de acosador —me dijo Jonathan
Le miré sorprendida.
—No sé a qué se refiere.
—Vamos, lo sabes perfectamente. Y deja de hablarme de usted, que solo tengo veinticuatro años. Y tú, he visto que veintiuno.
—Vale, veo que no soy la única que tiene buena memoria para las caras. Y es verdad que uno no olvida rápido esa falta de educación que mostré ese día. Estaba nerviosa y triste, y las pagué contigo. Lo siento
—Me diste pena viendo cómo te auto castigabas —contestó mientras se había parado para mirarme. Me detuve yo también.
—¿Y tú no lo hacías?
—Hasta ese día, confieso que sí. Pero dejé de hacerlo al ver cómo otros lo pasan mal.
Empecé a toser muy fuerte, pero le dije como pude que yo no lo pasaba mal como pensaba él. El viento soplaba en el patio y el camisón no protegía mucho del frío. —Vamos adentro —dijo Jonathan cogiéndome por la cintura. Volveré a ponerte la mascarilla.
Se quedó conmigo un rato más después del tratamiento. Empecé a tranquilizarme.
—Apostaría que esto que te pasa es algo post lluvia. ¿O me equivoco? -—Me miró fijamente.
—¿Qué pasa, que todas las personas con neumonía pasean con la lluvia, por qué tendría que ser la lluvia? —dije con voz ronca
—Porque tienes esa pinta. —Arqueó la ceja.
—Vale, tú ganas. Tienes razón. — Me froté la nariz —. ¿Estás contento?
—Mucho. Ahora ya sé lo que deberé recetarte.
—Ansiolíticos, ¿no? —Puse los ojos en blanco.
—A ver, no es muy normal lo que tú haces. ¿Cuánto llevas así?
—Unos meses. ¿Tú te aplicas el tratamiento? Porque te recuerdo que, si me viste, es porque tú también lo habías hecho
—Cierto, pero no es lo mismo hacerlo un día que volverse adicto.
—Ni que la lluvia fuese una droga.
—Pues te ha llevado al hospital.
—Ni que fueras mi padre —contesté nerviosa.
Me dormí con dificultad esa noche, después de leer casi diez capítulos de un libro. Jonathan apareció cuatro días más tarde, sobre las diez de la mañana. Durante los otros días, solo me atendieron otros médicos.
Me anunció que me darían el alta, ya que había respondido muy bien al tratamiento.
— Fabiola, si quieres, puedo ayudarte con tu adicción – extendió la mano deseando acercar su teléfono al mío, que yo estaba sujetando en la mano. Odiaba que llamara a mis paseos por la lluvia, adicción.
— Yo tampoco sabía que tenía cara de loca, ya que hablábamos de las caras que tenemos...
— No he dicho que estés chiflada, solo que deseo ayudarte. En fin, veo que nunca quieres que te ayude. ¡Cuídate! —dijo sujetando con ligereza el móvil.
— Espera —me dirigí a él. Se detuvo sin darse la vuelta.
— Llámame tú. Sé que jamás te escribiré yo la primera.
(Si deseas leer el siguiente capítulo te invito hacerlo en https://amzn.eu/539LP8I)

Q mole eres de vdd,abri el enlace de facce y ahora me dejas aun mas intrigada.
ResponderEliminar